Recensión de Darío Villanueva de ‘El lectoespectador’ de Vicente Luis Mora, para El Cultural

O catedrático de Teoría da Literatura da USC e membro do proxecto Le.es Darío Villanueva publicou a semana pasada no suplemento El Cultural, co que colabora habitualmente, unha recensión do libro El lectoespectador de Vicente Luis Mora, que reproducimos aquí.

El lectoespectador

Aquella contraposición que Umberto Eco establecía ya zen los años sesenta entre apocalípticos e integrados en la cultura de masas sigue vigente ahora entre los defensores y detractores de las nuevas formas literarias propiciadas por los avances tecnológicos que han producido la sociedad digital de la información y la comunicación. Vicente Luis Mora, poeta, novelista, ensayista y gestor cultural nacido en 1970, no pertenece ciertamente a la nueva camada de los agoreros, como por ejemplo, el crítico norteamericano Sven Birkerts, que en 1994 publicaba The Gutenberg Elegies, ensayo muy pesimista acerca del futuro de la lectura en la era electrónica. Birkerts ensarta una ristra de cuestionamientos a propósito de cómo las nuevas tecnologías pueden estar distorsionando nuestra condición humana, fragmentando nuestra identidad, erosionando la profundidad de nuestra conciencia y lamenta que todos nos estemos rindiendo ante la evidencia del cambio sin cuestionarnos en ningún momento nunca si son para bien.

Este libro, fragmentario y discontinuo como corresponde a alguna de sus tesis, manifiesta su voluntad integradora desde la propia dedicatoria “a todos los que saben que esto no acaba de empezar”, y lo hace desde las cuatro facetas antes apuntadas que caracterizan a su autor. Dedica, así, sendos apartados a “la gestión cultural de lo invisible”; a anotar “un poemario con imágenes”, que no es otro que su libro Tiempo, publicado en 2009; a la “crítica literaria y su ajuste en nube”; y a las “nuevas tecnologías narrativas”. Esta última dimensión le incita a mencionar obras y autores recientes con los que expresa sus afinidades electivas; algunos de ellos -como, por caso, Germán Sierra, Agustín Fernández Mallo o Blanca Riestra- seguidos puntualmente por un crítico aficionado y desclasado como yo, que no sabe todavía si, ante el nuevo dilema, forma en las filas de un bando o del otro. En todo caso, no me ilusiona apuntarme a ningún apocalipsis. El profetismo negativo de Sócrates en contra de la escritura como invento perverso que acabaría con la memoria de las personas ha resultado, al fin y a la postre, tan descabellado como el vaticinio con el que el erudito Octave Uzanne inauguraba un nuevo género en su relato de 1894 “El fin de los libros”, en el que en la Royal Society de Londres se discutía su desaparición inminente por culpa del fonógrafo.

De hecho, con motivo de la publicación en México de mi último libro se me invitó a participar, hace ahora tres años, en un debate virtual sobre todas estas cuestiones en donde, para referirme a Violeta Celis, no se me ocurrió mejor denominación que la de internetlocutora. Mora hace también cumplido uso de semejantes neologismos para desarrollar sus argumentos: internexto, imagolectura, pantpágina… En un ensayo anterior había rescatado pangea de la jerga geológica para denominar lo que más o menos ya entendíamos como “aldea global”, ahora digitalizada, y el presente libro pone en su título al lectoespectador, entendido como el receptor de una forma artística compuesta por texto más imagen.

Porque lo que me ha sorprendido de este ensayo es que, pese a nuestra inmersión en la Galaxia internet, realmente las propuestas del autor se incardinan en los fundamentos de lo que filósofos como Rosa María Rodríguez Magda, denominan la “Galaxia McLuhan”. En ella, lógicamente, se produce la posibilidad cierta de una muda en la condición humana como el canadiense advertía ya hace ahora cincuenta años al afirmar que la imprenta representaba la tecnología del individualismo que se vería modificado por el triunfo de la “tecnología eléctrica”, en la que incluía telégrafo, fonógrafo, radio, cine, televisión…

Vicente Luis Mora no cita ni una sola vez al autor de La Galaxia Gutenberg, pero, de hecho, trata más de los “niños televisivos” como lectores y escritores que de los “nativos digitales”. Describe con buen tino esa dualidad ecfrástica por la que la imagen es tanto un recurso de la poesía como una representación icónica, y estudia cómo funciona de hecho en el telar de los escritores actuales y en la conciencia receptiva de sus lectores. Y lo hace con el entusiasmo de un verdadero integrado. También Umberto Eco gusta mencionar, así, que el ordenador viene a representar el monumento a un nuevo sincretismo, pues su aspecto es el del gran enemigo de la cultura escrita, el televisor, pero en su pantalla lo que cada vez se confirma más y más es la presencia de las letras y los números.

Darío Villanueva